Erika 的个人资料La Casita De La Bruja照片日志列表 工具 帮助

日志


2006/12/13

Cuento

Érase una vez, en un lugar muy lejano donde hombres convivían con duendes, hadas y otros seres mágicos en total armonía, una hermosa princesa de largos cabellos de oro, ojos azules como el cielo y piel de porcelana, que vivía encerrada en lo alto de una oscura torre, de un apartado castillo, en medio de un espeso bosque. 

La noble doncella había vivido allí toda su vida porque, el día de su nacimiento, el rey dio una gran fiesta para celebrarlo. Invitó a todo el mundo: nobles, campesinos, hadas, gnomos, hechiceros… A todos, menos a la bruja del bosque. Ésta, al enterarse de tan notable acontecimiento, no pudo soportar la rabia y, haciéndose pasar por un hada roja que iba a realizar una ofrenda floral para la recién nacida, se introdujo en la gran fiesta y se llevó a la pequeña. 

Pasaron dos décadas hasta que los reyes dieron con el paradero de su hija menor, pero aún sabiendo donde se encontraba, no podían llegar hasta ella. El castillo donde la princesa se hallaba encerrada se encontraba en medio de un tenebroso bosque que nadie había logrado cruzar, rodeado de un extenso desierto donde diabólicas criaturas se escondían bajo sus arenas. 

Decenas de caballeros intentaron cruzar esas tierras, quedando enterrados bajo las arenas o atrapados entre las raíces de viejos y enormes árboles. Solo unos pocos afortunados lograron llegar hasta el castillo oscuro y, habiendo llegado hasta allí, fueron arrasados por las llamas del dragón que custodiaba las puertas de la gran fortaleza. 

Después de años de espera, la princesa comenzó a perder la esperanza de poder salir algún día de su prisión de piedra, pero de repente, mientras se encontraba asomada a la pequeña ventana que la conectaba con el mundo exterior, vio como un apuesto caballero se abría paso con su espada entre los últimos árboles del bosque negro y daba muerte al gran dragón sin ni siquiera tener que bajarse de su blanco corcel. 

La leyenda decía que solo el caballero digno de ser amado por la dulce dama, podría cruzar el basto desierto, atravesar el oscuro bosque, dar muerte al gran dragón y, una vez dentro del castillo, matar a la malvada bruja derritiéndola al mojarla, para finalmente llegar a los aposentos de la princesa y romper el maleficio dándole su primer beso de amor. 

El caballero era un apuesto joven de cabello oscuro y ojos negros, el mismo con el que la princesa había soñado todas las noches, su príncipe azul. Al verle entrar en el castillo, la inundó la ilusión y, mientras esperaba que subiera a rescatarla, se puso su precioso vestido rosa y se arregló su larga melena rubia. Quería estar preciosa para su amado. 

Pasaron horas y su príncipe aún no había llegado a lo alto de la torre a rescatarla. Entonces temió lo peor: la malvada bruja también había visto la llegada del príncipe y se había adelantado a sus pasos dándole muerte. 

Pero cual fue su sorpresa cuando, de repente, vio salir a su príncipe azul a lomos del blanco corcel acompañado de la bruja del bosque. 

Nadie había visto nunca a la temida hechicera y cuando el príncipe se dispuso a matarla descubrió que era una mujer de extraña belleza, con largos y rizados cabellos del color del fuego y una penetrante mirada. En ese mismo instante, el caballero se dio cuenta de que no quería vivir para siempre con una remilgada dama de buenos modales y moral recatada. La bruja era una mujer ardiente, sin pudor, con un espíritu apasionado e intenciones menos… decorosas. 

Así que pusieron rumbo al horizonte, en busca de una nueva vida donde, probablemente, no siempre serían felices pero si saborearían cada momento y vivirían experiencias inolvidables. 

En cuanto a la princesa, nunca salió de la torre. Si era cierta la leyenda, solo había un príncipe azul para ella y, para su desgracia, esta vez se lo había quedado la bruja. 

El príncipe y la bruja vivieron de maravilla y comieron tortilla. Y colorin, colorado, este cuento se ha acabado.

 

Porque las brujas también tenemos derecho a tener un príncipe azul.

2006/12/10

X (y III)

Cuando despertó el sol se reflejaba en su cara. Miró a su derecha y ahí seguía él, bocabajo y desnudo. Tenía una espalda impresionante. Se levanto, tapando su desnudez con la sábana y se vistió tranquilamente. No tenía prisa. La noche había sido maravillosa y no quería que terminara tan pronto. ¿Cómo había podido suceder aquello? 

Entonces sonó la alarma de su PDA. La miró y la apagó rápidamente, ya no necesitaba saber nada más. 

Se acercó a la cama y se recostó sobre él justo en el momento en que se estaba despertando. Ambos se miraron, ¡nunca unos ojos la habían marcado tanto como aquellos!, y sonrieron. Entonces se besaron, del mismo modo que la noche anterior bajo las estrellas y, al separarse, la mirada de el quedó clavada en la suya. 

Retiró el cuchillo de su vientre y lo limpió con la sabana. Después se marchó por la ventana. Ya no había lugar para la discreción. 

Pensó que tardaría más en volver a trabajar. De hecho pensó incluso en dejarlo, pero no fue así. ¿A quien quería engañar? Es cierto que siempre recordaría su mirada cuando cerrase los ojos. Pero, como de costumbre, no sentía remordimientos y ¡que narices! se le daba bien.

2006/12/3

Mujeres

Jane y Kate se conocían de toda la vida, juntas habían compartido todas las cosas importantes de sus vidas: sus peleas, sus alegrías, sus primeros besos, sus primeras relaciones, sus pasos a la universidad… eran las mejores amigas. 

Quizá fue por eso que no se extrañaron cuando, una tarde viendo una película en el dormitorio de Kate sus miradas se cruzaron, se quedaron en silencio mirándose la una a la otra y finalmente se besaron tiernamente. De algún modo, ambas sabían que algún día ocurriría, se conocían demasiado como para no saberlo. Desconocían si se amaban por ser amigas, o si eran amigas porque se amaban. Pero sabían que querían estar juntas para siempre. 

Nunca se sintieron culpables, ni pensaron que aquello que hacían no estaba bien. Pero lo mantuvieron en secreto durante un tiempo, como cualquier otra pareja que al principio prefiere guardarlo solo para ellos mismos, hasta que se sintieran preparadas. 

Transcurrieron un par de años y Jane y Kate seguían manteniendo su amor en secreto, a pesar de las insistencias de sus familias acerca de que iban a quedarse para vestir santos. Pero un día, mientras veían aquella misma película que la primera vez que se besaron, decidieron que ya no querían esconderlo más, que ya estaban preparadas para gritarlo a los cuatro vientos. 

Los padres de Jane se mostraron sorprendidos ante la noticia, aunque en el fondo su madre siempre había intuido que existía una relación especial entre las dos muchachas. Su padre, aparentemente más conservador, la abrazó y besó en la frente, ofreciéndole todo el apoyo que necesitase. 

Como la madre de Kate también conocía a su hija imaginó lo que se disponía a hacer y, de forma sutil, expuso el tema a su marido sin especificar que estaba hablando de su hija. Las frases más dulces que Kate escuchó fueron “esa gente está enferma”, “eso es antinatural” y “boyeras no entran en mi casa”. 

Cuando Jane vio llegar a Kate hecha un paño de lágrimas supuso lo ocurrido, la abrazó, la besó y no volvieron a hablar del tema en un tiempo. Jane no quería presionarla, pero fue ella misma la que unas semanas después decidió que no le importaba, que la quería y que se lo diría a su padre aunque tuviera que discutir horas con él o la echase a la calle. 

Llegó a casa y no había nadie. Encontró una nota en la nevera. Su padre había sufrido un infarto de miocardio y se encontraba ingresado en la UCI. Kate llegó con Jane a la sala de espera, donde la esperaba su madre. La llevó aparte y después de explicarle el estado en el que se encontraba su padre, le pidió que dejase a Jane. Su padre nunca lo aceptaría y su salud ahora era muy delicada, debía estar con él. “La familia es lo primero” dijo. 

Dos años después Kate entraba en una iglesia vestida de blanco y con un velo que le tapaba el rostro para que nadie pudiera ver lo que realmente sentía. Peter era un chico estupendo, guapo, educado y de buena familia, que su madre le presentó en una cena de navidad. Era el marido perfecto, salvo porque ella no le quería. 

Jane fue su dama de honor. Al oír a Kate pronunciar sus votos no pudo evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla. Aunque todos la interpretaron como símbolo de alegría e incluso envidia sana. “Eres la siguiente” decían. 

Actualmente Kate sigue casada con Peter, tiene dos niñas gemelas y es una esposa ejemplar. Jane nunca se casó y se dedicó por completo a su carrera como arquitecto.

Pero, afortunadamente, siempre les quedarán esas tardes de la semana destinadas solo para “cosas de mujeres”. 

Mujer contra mujer.