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2006/10/22

Muerte

Sara se sentía especialmente triste aquel día. Solo hacía tres semanas que Oscar había muerto en aquel horrible accidente, en el cual ella no sufrió más que la rotura de un brazo. Sus últimas palabras no dejaban de atormentarla. Y no podía comprenderlas. 

Después de días incansables en los que únicamente podía llorar, hoy se había levantado sin lágrimas en los ojos. De repente ya no sentía esa necesidad. Por un momento pensó que estaba empezando a superarlo y que debía seguir adelante. Pero un malestar empezó a recorrerla por dentro, un miedo que la provocaba un vacío en el estomago que no la permitía ni beber un sorbo de agua. Solo podía pensar en la muerte. 

De repente le vinieron a la mente recuerdos de todos sus familiares y amigos que ya no estaban con ella. Nunca se había parado a pensarlo y, espeluznantemente, el número era mayor de lo que pensaba. Y empezó a pensar en su propia muerte y, peor aún, en la de los que la rodeaban. Y cuanto mas pensaba en ello, más aumentaba su miedo. Pero este miedo no era un sentimiento normal, no era como ese miedo que se siente a tener una enfermedad mortal o a sufrir un accidente. Era algo más intenso que le provocaba una enorme sensación de impotencia. Quizá el motivo era que, al contrario que esas otras cosas que pueden o no ocurrir, la muerte era algo que la esperaba. De un modo u otro, con dolor o sin dolor, un día llegaría. Y el no saber como sería, cuando, ni que pasaría después, la aterraba casi tanto como la impotencia de saber que, llegado el momento, no podría hacer nada por evitarlo. 

Después de varios días de malestar, hoy ha despertado como nueva. Sigue sintiendo pena, como cualquiera después de la pérdida de un ser querido. Pero por fin comprende las palabras de Oscar y ya no siente miedo. La noche anterior la ha pasado pensando en lo felices que fueron todas aquellas personas durante su vida y en lo feliz que la habían hecho a ella. Y se ha dado cuenta de que esa felicidad fue fruto de las pequeñas cosas que compartieron durante sus breves vidas. 

Ahora sabe que si fuéramos inmortales, que si pudiéramos vivir para siempre, esas pequeñas cosas no serían tan importantes, no nos provocarían esa felicidad, ya que gran parte de la felicidad consiste en saber que puede que nunca vuelva a sentirse. Porque el saber que algún día moriremos es lo que nos permite disfrutar plenamente de la vida. 

Ya no volverá a sentir miedo y siempre recordará las palabras de Oscar: “Disfruta de las pequeñas cosas de la vida porque, por fortuna, esta es muy corta”.

 

Dedicado a todos los que ya no están, que me enseñaron que vivir es algo maravilloso.